Barba Azul 

(Charles Perrault, Francia s. XVII)

HABíA UNA VEZ un hombre rico llamado Barba Azul que poseía muchas casas en la ciudad y en el campo, y todo cuanto pudiera desear, pero no una esposa. Una noble dama vecina tenía dos hijas, y Barba Azul le preguntó si alguna de ellas querría casarse con él. Ninguna de las doncellas quería casarse con un hombre que tenía la barba azul, especialmente cuando se oían rumores de que había estado casado varias veces antes, y nadie sabía qué le había pasado a ninguna de sus esposas.

Sin embargo, las muchachas consintieron en ir a su casa en el campo para una fiesta que iba a durar al menos una semana entera, con paseos, caza, pesca, bailes, festines y juegos. Fue todo muy divertido, y al final de la semana a la hija menor ya no le preocupaba el color de la barba de su anfitrión. Tan pronto como volvieron a la ciudad, ella y Barba Azul se casaron.

Al cabo de un mes, Barba Azul le dijo a su esposa que debía partir por negocios.

- Pero no hay necesidad de que te aburras.- dijo- Pídele a tu hermana Ana que venga y esté contigo, y disfrutad del aire del campo."

Le dio un gran manojo de llaves y le explicó de dónde era cada una. "Esta abre la caja de caudales, ésta la fresquera." Sólo había una llave diminuta que ella no debía usar. Era la de la puerta de una pequeña habitación que había al final de la gran galería, y le prohibió abrirla. "Si lo haces, me enfadaré muchísimo." Ella se lo prometió, y él se fue a sus asuntos.

A pesar de tener a su hermana Ana con ella y todas las cosas maravillosas de la casa de Barba Azul, la joven esposa no podía pasarlo bien, porque le aguijoneaba la curiosidad por saber qué había detrás de la puerta de la pequeña habitación. No podía pensar en otra cosa. Una noche, mientras Ana estaba ocupada al otro lado de la casa, cogió la llave diminuta, abrió la puerta y entró en la habitación prohibida. Rackham's Bluebeard

 

Cuando sus ojos se acostumbraron a la oscuridad, se dio cuenta de que el suelo estaba viscoso de sangre coagulada. Se acercó a mirar y se apartó, horrorizada. Reflejados en ese charco carmesí, había los cuerpos de varias mujeres, colgados en las paredes de la habitación prohibida. Eran las esposas de Barba Azul, a las que habían degollado.

 

Pensó que se moría de miedo. La llave de la habitación se le cayó de las manos. Temblando, la recogió y, cerrando la puerta tras ella, volvió a su habitación, donde se desmayó.

Cuando se despertó, vio que la llave estaba manchada de sangre. La frotó y frotó, pero la sangre no se fue.

Esa noche, Barba Azul volvió inesperadamente pronto de sus viajes y por la mañana le pidió el manojo de llaves. Cuando se lo dio, notó inmediatamente que faltaba una llave. Una simple mirada a su pálida cara y a su mano temblorosa le dijo lo que había pasado. "¡Dónde está la llave de la habitación pequeña!", preguntó. "He debido dejármela arriba", contestó "Tráemela", ordenó.

De mala gana, le trajo la llave diminuta. Cuando la cogió, la miró ceñudo tras su barba azul: "¿Por qué hay sangre en esta llave?", dijo, amenazador.

"No lo sé", susurró.

"Yo sí -rugió-. No has podido resistir ir a la habitación adonde te dije que no fueras. Bien, ya que querías ir allí, irás. ¡Penderás al lado de las otras!"

Se arrojó a los pies de su marido, pidiendo clemencia. Hubiera podido conmover a una piedra; pero el corazón de Barba Azul era más duro que cualquier piedra.

"Morirás -declaró inexorablemente-. Tu última hora ha llegado en este momento."

"Al menos dame un cuarto de hora -rogó, para que pueda decir mis oraciones." "Reza", dijo Barba Azul amenazadoramente.

Cuando fue a su habitación llamó a su hermana Ana y le contó lo que había parado. "Hermana, te lo ruego, sube a lo alto de la torre y dime si puedes ver llegar a nuestros hermanos. Prometieron venir a vernos hoy."

Entonces Ana subió a la torre.

La esposa llamaba "Ana, hermana Ana, ¿ves venir algo?". Y Ana contestaba: "Nada, sólo el polvo dorado por el sol y el verde de la hierba". Barba Azul puso un pie en el primer escalón, con un enorme sable en las manos.

"Ana, hermana Ana, ¿ves venir algo?" "Nada, sólo el polvo dorado por el sol, y el verde de la hierba." Barba Azul puso un pie en el segundo escalón.

"Ana, hermana Ana, ¿ves venir algo?" ."Veo una nube de polvo en la distancia", contestó Ana.

"¡Son nuestros hermanos!"

"No, hermana, sólo un rebaño de ovejas," Barba Azul puso un pie en el tercer escalón.

"Ana, hermana Ana, ¿ves venir algo?"

"Veo dos jinetes acercándose -contestó-. ¡Alabado sea Dios! Son nuestros hermanos. ¡Oh, deprisa!" Barba Azul entró en la habitación.

Su esposa le pidió clemencia una vez más. "Basta -dijo- Debes morir." La agarró por el pelo, el sable en su desnuda garganta.

En ese momento irrumpieron los hermanos, espada en mano, y le atravesaron el corazón a Rarba Azul. Su pobre hermana se desplomó en el suelo sollozando de terror y alivio.

Barba Azul no tenia herederos, así que su esposa quedó dueña de todas sus riquezas. Le dio suficiente dinero a Ana, para que pudiera casarse por amor, y a sus hermanos, para que pudieran ser oficiales del ejército. El resto lo compartió con su segundo marido, un buen hombre, que la ayudó a olvidar su horrible experiencia.

(Actividades)