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EL BIEN Y EL MAL. Y SPIKE AL FONDO.

 


El del Bien y el Mal es un tema que me apasiona, aunque entiendo que pueda parecer fuera de época. El pecado, la conciencia de mal, que significa ¡nada menos! que, primero, identificarlo (saber qué es lo que esta bien y qué está mal y saber que hay muchas cuestiones en territorio fronterizo) y segundo, establecer la propia escala de valores. Y, finalmente, apechugar con las consecuencias de tales acciones.

 

Las cosas no son blancas o negras y en ese sentido todos los personajes de Btvs tienen facetas oscuras, incluso los “buenos”: el coqueteo de Riley con las vampiras, la cobardía de Xander, el resbaladizo tránsito de Faith entre el bien y el mal, la adicción a la magia de Willow, no tanto en cuanto enfermedad y dependencia, sino sobre todo por cuanto supone de soberbia y de emborrachamiento con el poder... Sin embargo, más que maldades son debilidades, defectos perdonables (con mis dudas respecto a Willow y Faith). Frente a ellos, pensaríamos que los personajes “malos” encarnan la maldad sin atenuantes: monstruos asesinos, humanos que buscan la inmortalidad, el poder, o simples favores sexuales gratuitos, el Alcalde megalómano, el egoísmo absoluto de Glory, la prepotencia abusiva de La Iniciativa, la estupidez engreída de Warren... En algunos casos tienen una explicación “ecologista”: monstruos que matan porque ésa es su naturaleza, depredadores que hacen lo único que saben hacer. Sin embargo, otros, generalmente los Big Bads de cada temporada, son más complejos y articulan una opción moralmente contraria a los valores humanos. De paso, hay que decir que el mal en la serie va ganando progresivamente peso y complejidad. Se va desplazando de figuras individuales, planas y más o menos fantásticas (el Maestro, los diversos demonios), a otras más poderosas que a menudo representan la autoridad: el Alcalde, la Iniciativa... El Trío de la sexta temporada ha dejado ya de ser la representación del mal. Esos malos cutres y patosos son sólo una excusa para señalar que en realidad el mal está en nuestro interior: en la incapacidad de Willow para manejar su dolor y su poder, en el estancamiento (superado) de Buffy, en la soledad de Dawn, en el no refrenar sus impulsos de Spike.

 

Y en medio están los vampiros. No los mil y un episódicos vampiros, carne de estaca, que apenas surgen de su tumba para tener un mal encuentro con la patrulla nocturna de Buffy. No ellos, sino los dos grandes vampiros de la serie: Angel y Spike. Los protagonistas de las dos maldades que probablemente más han ofendido la sensibilidad de los espectadores: el asesinato de la señorita Calendar y el intento de violación a Buffy. ¿Por qué la repugnancia que estas acciones despiertan? Su gravedad es indudable, pero otras atrocidades semejantes se han despachado incluso con un toque de humor negro. (Por recordar una, el canibalismo que acabó con el director Fluttie). Sin embargo, el asesinato de Jenny Calendar y el intento de violación suponen un hito de horror difícil de superar. Creo que precisamente por quiénes son sus autores. Tanto Ángelus como Spike sabemos desde el principio que son los antagonistas, que pertenecen al bando de los monstruos, pero a ambos los conocemos bien. Sabemos que pueden ser salvados, pero que junto a semejantes barbaridades, son también capaces de heroísmo y generosidad y sabemos que sufren. Cualquier monstruo puede cometer un crimen, pero ¿cómo Angel, el protector de los indefensos que ha consagrado su existencia al arrepentimiento y la expiación de sus culpas? Un acto de violencia y abuso puede ser siempre esperable, pero ¿cómo de Spike, el enamorado que se dejaría estacar sin parpadear si Buffy se lo pidiera?

Entonces Angel y Spike ¿son buenos o malos? La respuesta probable es que son como cualquiera: buenos y malos simultáneamente, capaces de inclinarse a uno u otro extremo dependiendo de las circunstancias. Y esto desmonta muchas de las teorías preconcebidas sobre el bien y el mal que pudiéramos tener de la serie: la maldad no se sitúa entre los monstruos y la bondad entre los humanos, sino que se entremezclan. Y eso se acentúa conforme avanza la serie y se hace más compleja (Y se acentúa más aún en Angel, donde frecuentemente los demonios son los perseguidos y el colmo de maldad, los respetables miembros de un bufete de abogados).

En las primeras temporadas de Buffy, los campos están bastante delimitados. Sólo a Angel se le permite cambiar de bando, pero su “anomalía” se explica por la maldición gitana que le otorgó un alma y se separan claramente las dos facetas: Angel es bueno y Angelus, malo; pero después las cosas se complican y, para muestra, está el caso de Spike (antes de recibir su alma): Nunca un “monstruo malvado” fue más entrañable. Quizás por eso, porque al avanzar la historia, se ha enriquecido tanto, se ha llenado de tantos matices, que ya no hay tintas planas: el mal se ha llenado también de luces y sombras y sólo es el reverso paralelo del bien, pero tan complejo como éste. Spike es un personaje psicológicamente tan rico como Buffy, o incluso más.

Y para explicar a Spike no nos vale el tema del alma. Antes de recibirla, es decir, nada menos que durante seis temporadas, debería responder al patrón prototípico de vampiro despiadado, es decir, ser como Ángelus. Y no lo es. Por mucho que planee arrasar Sunnydale o por mucho que le veamos hincar el diente a jovencitas apetitosas, es un caso diferente. (A lo mejor, simplemente, es un caso.) En su peor momento, o sea, cuando es “más malo” (segunda temporada), se alía a las fuerzas del bien para salvar el mundo, -ése es el hecho incontestable, aunque él lo justifique en defensa de las carreras de galgos, el Manchester United y las hamburguesas con patas-, puede despertar la simpatía de Joyce, y sobre todo está loco de amor por Drusilla. Pero el colmo es en temporadas posteriores, a partir de la cuarta, cuando no es sólo que Spike no pueda hacer el mal (eso sería irrelevante), sino que en ocasiones –pocas, tampoco hay que pedirle imposibles- hace el bien. De forma gratuita, sin buscar ninguna contrapartida y aunque vaya en contra de su interés (guardando silencio sobre Dawn a pesar de las torturas de Glory, por ejemplo). Y, además, es capaz de distinguir perfectamente lo que está bien de lo que está mal (delatar a Riley), lamentar el daño que causan sus acciones (por ejemplo, dar celos a Buffy) y sentir no ya amor (que podría interpretarse como apetito sexual), sino piedad (final de Fool for love), cariño (su relación con Dawn), dolor (por la muerte de Joyce)... ¿No es eso lo que caracteriza a alguien con alma? Aunque no tenga alma, Spike no es un “desalmado”, al contrario. Y esto nos lleva a la pregunta que yo al menos no consigo responder: ¿Qué es el alma en el Buffyverso? ¿Tiene realmente algún sentido o es sólo un macguffin? (Macguffin, en cine, dícese de un recurso no muy sólido inventado ex profeso para justificar algún aspecto de la trama.)

Angel y Spike representan la aparente contradicción de monstruos a los que podemos llegar a amar. Quizás porque en los monstruos, en su oscuridad contradictoria es donde más nos podemos identificar, más que en los héroes entregados constantemente al bien, modelos a seguir... a los que generalmente no seguimos.

Y por otra parte está Buffy y el resto de la pandilla, cuya actuación también se presta a la discusión moral. En primer lugar hay que decir que se sitúan al margen de la Ley digamos convencional. Puede indicar un cierto descreimiento en las bondades del sistema, pero más bien parece explicarse simplemente porque la “realidad” plasmada en la serie se sitúa al margen de la sociedad civil, paralelamente, pero sin confluencia con ella. Reconozcamos que resultaría extraño llevar, por ejemplo, a un demonio regurgitador ante el fiscal del distrito. Con todo, en general, Buffy y sus amigos no entran en competencia con la autoridad establecida, sino que la respetan. Curioso, porque en una serie donde no son infrecuentes dos o tres muertes por capítulo, los coches patrulla sólo están para los revolcones de Giles el Destripador; la cárcel, para ser metódicamente destruida por Bad Willow cuando va en busca de Jonathan y Andrew; el Alcalde no destaca precisamente como salvaguarda de la ciudadanía y el Ejército se dedica eficazmente a crear monstruos –Adam- en lugar de destruirlos. En cualquier caso, los scoobies admiten que cuando algo afecta a las leyes de la sociedad humana, deben ser las normas de esa sociedad las que actúen.

La segunda norma es una cuestión de principio: No hacer daño a humanos. Salvo, claro, si los humanos son los agresores y para ello se sirven de fuerzas sobrenaturales (magia, conjuros, armas o seres monstruosos). Entonces tendrán que vérselas con los scoobies.

La tercera ley rige casos menos claros. No hacer daño a quien se conoce o se ama, independientemente de su naturaleza. El amor como ley. Salvar a nuestros próximos. Por eso en la cuarta temporada se tolera al indefenso pero malvado Spike y, siendo fugitivo, se le esconde de la Iniciativa para incomprensión de Riley; por eso rescatan a Oz cuando, convertido en hombre lobo, es apresado por los soldados; adoptan sin reservas a Dawn aunque técnicamente su origen no sea humano y pueden llegar a sonar campanas de boda para Anya. Eso significa que la pandilla ha aprendido a reconocer que las fronteras entre el bien y el mal no son apriorísticas, se difuminan constantemente, y no dependen de la naturaleza del ser (hombre lobo, vampiro, demonio vengador) sino de su voluntad por integrarse entre los humanos aceptando sus valores.

Pero hay un caso especial: Spike. A Spike se le rechaza constantemente. Todos desconfían de él. Buffy no acepta su amor. Reprime sus sentimientos hacia él y considera la relación vergonzosa y envilecedora. Curioso, porque no ha habido ningún problema para aceptar a Oz o a Anya como novios respectivos de Willow y Xander, ni tampoco la propia Buffy dudó demasiado en caer en los brazos de Angel. ¿Por qué la diferencia? Oz es un hombre lobo, entra de cabeza en la misma categoría de monstruo que Spike, por mucho que su alteración sólo le ocurra cíclicamente unos días al mes y eso las mujeres lo entendamos a la perfección Y lo mismo pasa con Anya, que nunca ha ocultado su pasado de demonio vengador, pero es acogida sin reservas en el círculo y se convierte con normalidad en encargada de la tienda y novia de Xander. ¿Por qué si se admite a otros monstruos, la aceptación nunca alcanza a Spike? ¿Es que realmente es tan malo?

Desde mi punto de vista, la clave está en que Spike, a diferencia de Oz o Anya, es un outsider en la sociedad humana. Nunca participa de sus convicciones morales y se sitúa voluntariamente, siempre, al margen. Anya abraza entusiasta “la base de la sociedad occidental”, el capitalismo. Oz reprime su naturaleza salvaje incluso encadenándose. Lo mismo hace Angel, en una lucha constante por sepultar su lado oscuro. Spike, no. Él está orgulloso de lo que es (“Yo sé quién soy”- declara a la chica que intenta atacar cuando cree haberse librado del chip- “Soy una criatura de la noche. Mato. Eso es lo que hago”) Si algo destaca en Spike es su perfecta coherencia: no finge. Su mera existencia es una fuente de conflictos, pero es que además, Spike tiene una desmedida afición por poner las cosas difíciles a todo el mundo. ¿Por qué es tan insufrible el Capitán Peróxido? Porque tiene la maldita costumbre de decir lo que nadie quiere oír, que, da la casualidad, casi siempre resulta ser la verdad que nos negamos a contemplar. Por lo mismo, no tiene ningún empacho en decir a cuantos quieran oírlo que él no es bueno. ¿Cínico? Quizás. La bandera que Spike enarbola es la de la verdad y en eso es implacable.

A diferencia de Buffy, Spike no sólo admite sus facetas oscuras, sino que se niega a esconderlas. De hecho, una forma de afirmar su marginalidad es su proverbial mordacidad. En realidad, su “sinceridad” es la de un ser no sometido a las convenciones sociales represoras. Frente a Anya, también muy sincera, pero por pura espontaneidad y muy dispuesta a convertirse en una”persona útil para la sociedad”, frente a los humanos que saben cerrar los ojos a determinadas verdades porque en ellos funciona todo un poderoso sistema represivo que a veces les llena de frustración, Spike probablemente sabe que no hay que decir determinadas cosas, pero no le da la realísima gana callar. ¡Algún privilegio tenía que tener estar siempre del lado equivocado!. Su naturaleza satánica, igual que la del Ángel Caído, es la de rebelarse contra las leyes de Dios y de los hombres y afirmar su individualidad frente a cualquier poder superior. Y así se convierte en el recordatorio permanente para los demás de que viven en un mundo dominado por las fuerzas del caos y la amenaza constante de destrucción, donde está ausente cualquier tipo de autoridad, orden o fuerza de cohesión social.

Esto hace que el enfrentamiento entre Buffy y Spike sea una cuestión psicológica (quien reprime sus deseos subconscientes frente a quien los exhibe) y social (la civilización frente a la naturaleza salvaje, lo que también se puede leer como la represión frente a la libertad). (Es sintomática la preocupación de Buffy por las repercusiones “sociales” de su relación con Spike pregutándose constantemente qué van a decir sus amigos) Es lo que se traduce en “humana frente a monstruo”.

Pero es que además, acabará siendo también una oposición moral. Y por serlo, acabará.
En Buffy actúan la moral, las convenciones, los afectos, la defensa de su mundo, pero también la represión de sus deseos, cuya traducción más inmediata es la frustración sexual. (Especialmente, en relación con Angel, pero también con Spike.) Además, sus códigos de conducta no responden a leyes externas, un tanto desprestigiadas en la serie, sino a una exigencia moral interiorizada y por tanto insobornable. Spike, por el contrario, no tiene ataduras morales y muy pocas afectivas, no pertenece al mundo de los humanos y busca ante todo la satisfacción de sus instintos. El conflicto se hace explícito cuando Buffy cree haber matado a Katrina (Dead things). Buffy tiene claro que debe someterse a las leyes civiles y entregarse a la policía mientras Spike quiere evitar a toda costa esa solución. En definitiva, eludir la responsabilidad. Frente al egoísmo indiferente de Faith que en un caso semejante, cuando mató por error al ayudante del Alcalde, anteponía su interés a lo moralmente correcto (“No me importa”), Spike actúa por amor a Buffy asumiendo él los inconvenientes de unas leyes que no comparte (“Me he encargado del asunto”). Pero en definitiva el hecho es el mismo y la postura de Buffy no puede variar. Ella sigue respetando las normas. Sabe que no puede dejarse convencer por la falsa dialéctica de Spike. (“¿A cuántos has salvado? Una chica no inclina la balanza”). Claro que una chica inclina la balanza. No es una cuestión de número. Es una cuestión de estar dentro o fuera. De seguir una pauta ética o de lanzarse al absoluto vacío moral. Vuelve a ser un tema de “alma” y quizá por eso, Spike no puede (o no quiere) comprenderlo. Ella lo entiende muy bien y no cede a las componendas. Es un conflicto moral en el que Buffy está sola frente a los argumentos que esgrimen el amor de Spike e incluso la incomprensión de Dawn que necesita retenerla a su lado. Sea como sea, ella tiene razón y su planteamiento radical obligará a Spike a salir de su confortable ubicación en la indiferencia ética. “I´m not good and I´m okay”- decía, pero eso ya no será posible por mucho tiempo. De la confrontación con Buffy, Spike se verá obligado a hacer una opción, la suya también radical. El impulso, aparentemente fruto de la rabia y de la pasión irreflexiva, de salir de Sunnydale para volver “en otras condiciones”, en realidad, acabará siendo algo imprescindible para Spike si quiere “seguir en la carrera”.

Y aumenta la complejidad, porque si Spike rechaza las normas morales de Buffy, lo hace por amor a ella, y siguiéndolas, Buffy añade más daño al ya causado: En Dead things abandona a Dawn e, incapaz de comprender la postura del otro, golpea brutalmente a Spike. Algo semejante es lo que ocurrirá capítulos después cuando rompa con Spike en un gesto para acabar no sé qué gran indignidad. Dejando a Spike –o sea, imponiendo su conciencia de lo correcto, por encima de la atracción innegable que siente por él y de los sentimientos del vampiro-, le destroza el corazón y lo arrastra a una espiral de dolor para ambos. Es la “paradoja Buffy”: ¿puede el bien causar mal?

Sin contar con que Buffy combate a vampiros, monstruos y demás demonios, porque, por definición, son malos; pero si entre los combatidos por Buffy hay alguien como Spike, -generoso, lúcido, enamorado...- ¿cómo se justifica su sistemática eliminación? ¿Porque no tienen alma? ¿Y eso qué es? Estamos ante el tema trascendental de la esencia de lo humano: ¿qué es lo que nos dota de humanidad? ¿Qué privilegios nos da esa característica distintiva, si es que existe? Y ¿con qué derecho se los negamos a los no humanos?. Spike, el Hostil 17 de la Iniciativa, es así otra manifestación del mito que arranca con Frankestein y continúa con los replicantes de Blade Runner o los robots de Asimov (El hombre bicentenario). Como de costumbre aparece Spike para fastidiar todas las teorías: él no tiene alma, pero es capaz de sentir (celos y odio, pero también amor); es un monstruo (Buffy se empeña en repetírselo varias veces) y lo asume y no tiene ninguna intención de cambiar, pero realiza actos generosos y gratuitos; es un vampiro, pero se comporta como un hombre. Y ante esa realidad que tercamente se impone, Buffy y su mundo se derrumban: Es a ella a quien ahora le faltan argumentos y justificaciones morales. Al final, como siempre, Spike está en el centro de todas las cuestiones trascendentes.

En definitiva y por recapitular un poco este tocho espeso que me ha quedado, el bien y el mal se entremezclan en Btvs y cada vez se entremezclan más. Si en un principio los monstruos eran malos y los buenos estaban ahí para vencerlos, después el mal se vuelve más complejo: porque se hace más insidioso y poderoso y porque supuestos monstruos (como Angel o Spike) tienen aspectos tan positivos como los humanos. Especialmente si se integran en la sociedad humana y defienden sus valores. Spike es quizá el personaje que más se presta a discusión por su ambigüedad y por su carácter trasgresor. Se sitúa al margen de la sociedad, no admite sus leyes, proclama su “maldad” y, sin renunciar a su amor por Buffy, entra en conflicto con todo lo que ella representa y defiende. Y ésa es la contrapartida desde el supuesto campo del bien: los héroes también se mueven en un mundo sin leyes y sus actuaciones pueden provocar tanto dolor como el que dicen combatir. En la medida en que “los monstruos” pueden esgrimir sus razones, “los héroes” ven en tela de juicio su justificación para aniquilarlos